Dicen que los perros se asemejan a sus amos. Yo diría que no solo los perros sino que cualquier producto del ser humano se parece a su artífice y, como no, esta fácil receta también se puede hacer extensible a elementos tan exclusivos como los derivados de la ciencia y la tecnología. En tiempos de IA desenfrenada y fofa -imagen en espejo de sus creadores- no me cansaré de reivindicar lo terrenal, lo más contaminado por el error humano, lo más ancestral, atávico y sucio, con esa suciedad que procede de la imperfección que contagia todo producto salido de las manos de cualquier ser con ombligo y razón sintiente, según la intepretación de Xavier Zubiri.
Ocurrió que entré a visitar al catedral de Palencia. Preciosa; recomendable a cualquiera con independencia de su edad, sexo o condición. Todo un monumento hermoso y bien cuidado. Y dentro una pequeña-gran sorpresa que no pude imaginar: en una especie de cartela, adherido a una de las puertas interiores de la basílica se podía apreciar un extraño objeto, una pequeña caja alargada cubierta con un cristal transparente que permitía ver en su interior una imagen distorsionada e irreconocible. Una tarjeta bajo ella invitaba a observar la caja lateralmente a través de un orificio en lugar de abordarla frontalmente. Y eso hice.El resultado de la observación (en este caso una fotografía a través del orificio lateral) me pareció algo confuso en primera instancia, pero estaba sobre aviso acerca de lo que iba a contemplar y, así fue. Con una pequeña dilación pude identificar la imagen de una persona que, tal como rezaba la leyenda que sustentaba la tarjeta, se trataba nada más y nada menos que del retrato del rey Carlos I de España y V de Alemania. En definitiva, era un anamorfismo. Había visto en internet otros de pintores profesionales y de callejeros simulando precipicios y mundos imposibles, pero este era el primero que podía contemplar in situ. El artilugio poseía todas las características de ese tipo de encuentros que te alegran el día y lo hacen memorable. «Mirum natura et artis» (Maravilla de la naturaleza y el arte), reza el título de la obra que algunos adjudican a Lucas Cranach, aunque, como en tantas otras técnicas, en esta Leonardo da Vinci fue uno de los pioneros.
En pleno Renacimiento europeo, en el primer tercio del siglo XVI, los anamorfismos se habían generalizado. Uno de los más celebrados es de Hans Holbein el Joven en el cuadro titulado Los embajadores. En él se insiste en la temática de moda referida a la brevedad de la vida y del acecho de la muerte. Una irreconocible calavera nos observa en la base del cuadro más allá de la pose mundana de los embajadores. Solo podemos apreciar que la muerte está presente en la escena si observamos el cuadro desde una determinada y precisa posición. Igual que en la vida misma.Pero ¿qué es un anamorfismo? Me he tomado la libertad de realizar uno tomando como referencia una imagen terrible que circula por internet. Un anamorfismo es la desintegración de una imagen para que pueda tener sentido cuando se la observa desde una determinada posición. Es la constatación de que nuestros sentidos nos engañan y que solo debemos confiar en el intelecto. En la imagen, estirada con un programa de construcción 3D (Rhinoceros) y colocada sobre una de las caras de una cuña, nos ofrece una imagen terrible, pero familiar, cuando la observamos desde una determinada posición. En el momento en que variamos nuestro punto de mira la imagen sufre deformaciones incompatibles con la realidad. Eso es todo, y en resumen: un anamorfismo es una pura cuestión de perspectiva. Una imagen cualquiera está compuesta por un conjunto de fotones con diferente longitud de onda que, viajan a la velocidad de la luz e inciden en nuestra retina. En la Gala placidia/ Galatea de las esferas de Salvador Dalí, el pintor nos ofrece una sugestiva imagen de su pareja y musa ( Elena Ivánovna Diákonova) que, en realidad, proviene de una descomposición de la misma que él reordena con su pincel y reconstruye en un retrato reconocible para el ojo del espectador. Dalí nos está diciendo que todo (por supuesto, también el arte) es una combinación de naturaleza y subjetividad, de química, física e intencionalidad. En realidad nos está proporcionando un punto de vista privilegiado desde donde observar su ser más preciado: un anamorfismo, en definitiva.Me he permitido hacer de Dalí, pero, en este caso con una imagen de mi nieta Gala. La he sometido a una desintegración y he variado el punto de observación hasta construir una imagen realista de ella.Un ejemplo de desintegración a lo Dalí en este caso sobre una imagen de la Wikimedia. Podríamos decir que se acerca más a la idea daliniana y, todavía sería más certera, si sustituyéramos los círculos por esferas.
Pero lo bonito es la construcción física, material, de un anamorfismo. En este caso he combinado varios objetos: la caratula de un CD, una miniatura de un peñista sanlorenzano y la reproducción en plástico de un lemming, homenaje a un videojuego famoso de los noventa. Con ellos he realizado una composición que he fotografiado. He estirado convenientemente la imagen con Photoshop hasta hacerla de tamaño DIN A4 y poder imprimirla. Por desgracia, la calidad de la impresión no es muy buena, aunque suficiente para que sirva de ejemplo. A continuación he recortado la imagen y la he colocado en el lugar preciso. Pero lo mejor es ver el vídeo. En internet hay multitud de ejemplos acerca de como hacer un anamorfismo casero.Nadie está libre de las malas jugadas de la percepción, eso parece deducirse de este vídeo en el que tres animales domésticos resuelven sus dudas vitales cada uno a su manera. Es muy probable que la IA haya hecho de las suyas, pero arroja luz sobre el sentido último de los anamorfismos.